Sucedió hace dos años en una estación
ferroviaria alejada de la mano de Dios, cerca de Penza.
Una pequeña multitud se encontraba en una
esquina del edificio de la estación. Decidí acercarme también. Resultó que
estaban despidiendo a un soldado que se embarcaba rumbo al frente.
El soldado, borracho, con la cabeza erguida,
tocaba un pequeño acordeón. Un hipante jovencito –un obrero, a juzgar por su
apariencia– extendía las manos hacia el ejecutante y susurraba, con todo el
cuerpo temblando: “Oye, Iván, la llevas bien, la llevas bien…” Entonces se
alejó y dejó caer unas cuantas gotas de colonia en un vaso sucio con
aguardiente.
Una botella con turbio líquido pasaba de mano
en mano. Todos habían bebido demasiado. El padre del soldado estaba sentado en
el piso, algo apartado, pálido y silencioso. El hermano del soldado seguía
vomitando. Se cayó, su cara golpeó el charco de vómito y se quedó dormido.
El tren llegó a la estación. Empezó la
despedida. Sin embargo, el padre del soldado no quiso moverse –ni siquiera se
levantó ni abrió los ojos.
–Semyonych, levántate –dijo el obrero–. Dale
la bendición a tu hijo.
El viejo no respondió. Empezaron a sacudirlo.
Un botoncito pegado a su sombrero de piel pendía de un hilo, balanceándose de
un lado a otro. Se acercó un policía.
–¡Idiotas –dijo–, el tipo está muerto y
todavía lo siguen sacudiendo!
Resultó que tenía razón. El tipo se había
dormido y pasado a mejor vida. El soldado lo miraba, sin saber qué hacer. El
acordeón temblaba en sus manos y estas vibraciones hacían que sonara como si lo
estuviera tocando.
–Así es –seguía diciendo–, así es –extendió la
mano con el acordeón y agregó–: El acordeón se le queda a Pete.
El jefe de estación apareció en la plataforma.
–Sigan festejando –dijo–, encontraron un buen
lugar para festejar… Prokror, hijo de pua, da la segunda llamada…
El policía golpeó la campana dos veces con la
gran llave de hierro del baño de la estación (el badajo de la campana había
sido arrancado hacía mucho tiempo).
–¿Por qué no te despides de tu padre –le dijo
alguien al soldado–, en lugar de quedarte ahí como una bestia idiota?
El soldado se inclinó, besó la mano fría de su
padre, se persignó y caminó hacia el tren. Su hermano seguía dormido sobre su
propio vómito.
Pronto se llevaron al viejo. La multitud se
empezó a dispersar.
–Según tú, esta es nuestra vida de sobriedad
–dijo un diminuto comerciante que estaba cerca de mí–. Caen como moscas estos
hijos de puta…
–“Vida de sobriedad”, una mierda –habló un
campesino barbado con voz firme y pausada–. Nuestro pueblo es un pueblo
borracho, porque necesita tener la mirada turbia…
–¿Qué dices? –preguntó el comerciante,
aparentemente tenía dificultad para oír.
–‘Ira aquí –respondió el campesino y apuntó
con la mano hacia el remoto campo negro que se extendía hasta el infinito.
–¿Y eso qué?
–“¿Y eso qué?” ¿Y eso qué? ¿Acaso se ve algo
turbio allá? Por eso nuestro pueblo necesita una mirada turbia, de veras
turbia.
Fuente milcuentosrusos.blogspot.com
0 comentarios:
Publicar un comentario en la entrada